Uno de los primeros pliegues que aprendemos a hacer al papel es el barco. Quizá tengamos el impulso arquetípico de construirnos siempre un contenedor que nos ayude a atravesar el inmenso mar del inconsciente.

Quizás también este impulso infantil nos hable del viaje, del pedido de nuestra conciencia a expandirse, abrirse, conocer, dolerse, alegrarse, crecer.

Viajamos y nuestros ojos encuentran lo que es diferente, pero no por ello ajeno. Descubrimos que también somos eso que nos parece lejano. Viajar completa el dibujo de lo que somos.

Viajamos y conocemos nuevos miedos, nuevos amores y despedidas. Se agranda el corazón; nuestra alma conoce y se hace de cada puerto.

«El barco es un contenedor femenino, se asocia a menudo con la luna y las diosas de la luna, a veces también con el sol; en Egipto, es una barcaza la que carga el sol a través del cielo. El barco facilita la comunicación, el comercio y la difusión cultural. Con esto, podemos decir que es lo femenino lo que conecta y hace que la gente se conozca al una a la otra. […] El barco es un invento humano, pero antiguamente, una invención era sentida y vista como una revelación de la divinidad, y por tanto, sagrada.» Nos dice Marie L. Von Franz.

Ir al encuentro con nuestro inconsciente requiere este contenedor seguro para no hundirnos. Las modas espirituales que se venden hoy en día por doquier adolecen de estos contenedores sagrados, por ello tanta desorientación y tanto malestar del alma.

Cada cuento es un contenedor seguro, un barco. Recordemos el barco mitad de ebano, mitad de marfil en donde el rey Macsen viaja a encontrar a Elena, en «Elena de los caminos»; el barco en donde viene el joven con la pechera dorada a encontrar a la doncella que lo ha soñado cada noche mientras aprendía el arte de fabricar sueños, en «Los fabricantes de sueños»; el barco en que viaja la emperatriz en «La gata», y la lleva al encuentro de la virgen negra…

Que un precioso barco les contenga para navegar las emociones que afloran en la oscuridad del solsticio.

Doris