Los vientos del sur, del norte, del este y el oeste, llevan noticias, caballos, tapices con doncellas, príncipes y princesas.
Vientos que confunden, traen el caos y ordenan el nuevo orden que se extiende cada segundo sobre el mar.
El castillo de arena que acaba de hacer un niño se pierde entre lo cercano y lo lejano, algunos granos, muchos, el viento los devuelve al mar para que tomen el color del oro cuando el sol vuelva a brillar en la calma de su ausencia.
A veces el viento entra en nuestro cuerpo, lo expulsamos por la boca, juega en nuestros pulmones, nos mueve a su gusto, nos quita el sueño.
Trae y lleva las nubes, se hace amigo de personajes como La reina de las nieves, para llevar hasta su reino aquellos a quienes un trozo de espejo les ha caído en un ojo.
Solo él llega a lugares imposibles.
Solo él puede llegar al Este del sol y al Oeste de la luna, morada del príncipe encantado y convertido en Oso, quien tiene que vivir allí hasta que alguien rompa ese hechizo terrible.
En el viento hemos proyectado ese factor impredecible que nos mueve, nos carga y a veces nos obliga a hacer un cambio profundo en nuestra vida. Soplan vientos de cambio, decimos.
O esperamos de él que limpie, como tuvo que hacerlo con el hijo del gran Khan en Mujer de habla de perlas rojas cuando después de convivir con la bruja que se hacía pasar por su esposa, tiene que purificar su cuerpo y su alma atado en la copa del árbol más alto durante cuarenta días, en donde el viento corre libre y con fuerza.
El viento aumenta la sensación de frío en el invierno, pero deseamos su presencia en el verano, cuando la humedad parece detenerlo todo.
A veces amable, otras furioso, rabioso, o caprichoso, estamos a su merced, su poder es incontestable.
Que sean vientos amables para todes en estos días de adviento, solsticio y luna nueva.
Un abrazo,
Doris